"La seva conciència estava neta. Mai l'havia fet servir"
 (S. Jerzy Lec)

De dretans i progressistes enlluernats

24/07/2009

Pensava que el mes de juliol em donaria un respir per poder actualitzar més sovint el blog però s’ha anat complicant de manera imprevisible i, ja veus, faig aquesta entrada dues setmanes després de la darrera.

Em passa moltes vegades que vull parlar d’un tema i llegeixo un article que parla d’allò que en volia i, a més a més, expressat d’una manera infinitament millor que la que podría aconseguir amb les meves limitacions.

Això m’ha passat avui mateix amb el text que reprodueixo a continuació, una vegada més d’en Matías Vallés, com gairebé sempre lúcid i incissiu:

Abrir el debate (Matías Vallés. Diario de Mallorca)
    

El latiguillo idiota del año es "abrir el debate" –o "reabrir el debate", en la denominación culterana–. La apertura de debates incuba una nocividad acusada, a diferencia de predecesores inocuos como "la verdad es que" –o "bueno, la verdad es que", en la versión más elaborada–. Quienes bombardean los medios con la urgencia de "abrir el debate" sobre la energía nuclear, la cadena perpetua o la separación de niños y niñas en las aulas, están enquistados en sus dogmas y no desean ninguna controversia que aleje la conclusión de sus prejuicios. Su posición de partida, que omiten arteramente, es la única resolución que aceptarán.

Los abridores del debate desean la sumisión de los argumentos ajenos a las cartas propias que ocultan. Verbigracia, todos los defensores de las centrales nucleares excepto uno poseen afinidades no siempre confesables con el sector. Un ingeniero nuclear se opondrá a la supresión de los hornos atómicos, del mismo modo que un nefrólogo será reacio a la desaparición de los riñones. Los proponentes de "abrir el debate" se distancian del partidismo desenfadado en su confesión –siempre implícita– de que "tengo intereses en lo que propongo, y me avergüenzo tanto de ellos que, antes de zarpar, quiero implicar a quienes están en contra, para eludir responsabilidades". Ante la hipótesis de un accidente radiactivo, no sólo desaparecerían por ensalmo los entusiastas de "abrir el debate" nuclear, sino que negarían haber postulado jamás la fisión comercial del átomo.

Aznar no reabría debates, se limitaba a mentir –Irak, 11-M, identificación de cadáveres del Yak-42–. La tentación de "abrir debates" aqueja con mayor virulencia a progresistas deslumbrados por el esplendor neoliberal. Ante el vértigo del tránsito, persiguen la complicidad de quienes defienden la coherencia. Para los saltimbanquis de izquierdas, "abrir el debate" se traduce por "soy tan cobarde, que pretendo que paguéis el precio de mi traición". Y así sucede, a través de costosas comisiones cuyo objetivo consiste en no solucionar el problema a debate.

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